Funes, el memorioso 23 de Diciembre

23 de diciembre

MURIO ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO

Por Funes, el memorioso

“Contra todos, contra el odio: Mano a mano con millones de Mordisquitos”
(Fragmento del capítulo 5 de “Recuerdos del peronismo”).

“Oíme, Mordisquito. Alguna vez te hablé de confusionismo, de los rumores, de las calumnias, de todo ese infame y misterioso río de noticias falsas que echan a rodar los resentidos. ¡Claro, ellos no pueden mostrarnos hermosas realidades y entonces buscan el desquite de las mentiras sin dignidad y sin heroísmo!”.
A pocos días de las elecciones del ’51, de lunes a viernes a las 8 de la noche, él solía decir por radio, que “Antes, la patria antes era como una rosa, pero esa rosa no perfumaba tu vida y estaba en el ojal de los otros. Ahora la solapa de tus enemigos está vacía y la rosa es tuya”.
“Lo tuyo, que es monstruoso porque es historia y está escrito en la memoria, en los papeles, en las cárceles, en los muertos y en los vivos que están muertos. Sos el pasado, el pasado más cruel que haya vivido nación alguna. Porque ningún país nació a la vida con tantas posibilidades para ser dichoso como este tuyo y ninguno padeció tanta injusticia y tanta barbaridad como este tuyo y por tu culpa. Sos el pasado que quiere volver por amor propio, sólo por amor propio. Idea mezquina la tuya en esta hora de las grandes decisiones, tan mezquina la idea que de tanto andarte a pie por la cabeza ella misma se te ha detenido avergonzada en las sienes y te late como si tuvieras un kilo en cada una. ¿Y sabés por qué? Porque tu idea y yo sabemos que no debés volver. Y vos también, en el fondo de tu alma, aunque lo escondas, sabés también que no debés volver. Por decoro. Por recuerdo. Por historia. Sos la imagen del retroceso, de la injusticia, del hambre, del entreguismo.
Y el pueblo lo sabe, como lo sabés vos. El pueblo lo sabe, porque lo padeció, que venís de viejos partidos que nunca hicieron nada en beneficio del pueblo que es la patria y que si alguno de los tuyos, alguna vez, intentó portarse bien, se cansó en seguida. Fue solamente algún abuelo que se murió hace mucho. El pueblo sabe que vos sos nieto, que todos ustedes son nietos, que ninguno de ustedes hizo nada más que ser nieto, nieto de la plata, nieto de las ideas. Que desde la muerte de ellos, hasta la llegada de este gobierno, hubo un vacío de dignidad y esfuerzo que vos pudiste llenar y como un criminal no cumpliste ninguna de las veces que se te dio el gobierno.
Porque vos no sos una esperanza, ni una incógnita. ¡Vos gobernaste! ¡No una vez, sino varias veces… y mal! ¡Gobernaste mal! Infamemente. Y el pueblo sabe eso, como sabe todo. Reconocé entonces que es mal negocio para un pueblo tu vuelta al poder si para respetarte un poco ese pueblo tiene que pensar en tu abuelo.
Mal negocio para un pueblo como éste que está frente a un gobierno de asombro que le ha dado lo que ni Dios ni la madre le dieron en mil años. De un gobierno que ha puesto en marcha a la patria hacia un destino que nadie, nada más que él solo, puede conducir por una razón sencilla: porque este gobierno, en vez de seguir lo clásico que era tan cómodo, se metió en el tembladeral de las revisiones alcanzando a cada uno la proporción de dicha que le corresponde, revolución gloriosa que se alcanzó con el esfuerzo de unos cuantos para felicidad de todos, tan afortunada como revolución que vos, para darle alguna posibilidad a tu propaganda, tenés que ofrecer en tus discursos migajas de esa doctrina triunfante”.

No fue el único. Muchos hombres y mujeres de la cultura popular, entendieron a mediados de los ’40, que tenían que salir al escenario a pelear su porción de la batalla, para intentar instalar definitivamente, un modelo de país basado en nuevos derechos, por encima de viejos privilegios. Pero mientras su compromiso crecía y crecía, viejos amigos y compañeros del teatro, el cine, la radio y el tango; lo dejaron sin voz, lo invisibilizaron…
“Yo vengo de otras épocas… De un tiempo lleno de palabras. No había nada más que eso: barrios de palabras, tribunas de palabras, países de palabras, y por eso no creo en los rumores chiquitos y muchas veces miserables con que vos querés hacerle sombra, a una realidad que está iluminándonos. Despreciá al malintencionado que te pasa un rumor, como quien te entrega un billete falso… y ¿cómo vas a comprar la verdad con un billete falso?”
A Enrique Santos Discépolo lo condenaron a una crucifixión ideológica, la misma que sufrió el resto del peronismo después del ’55. Padeció el desprecio de sus pares, su nombre dejó de pronunciarse en ciertos círculos, antes de la prohibición de la “fusiladora” y marchó al exilio sin hacer las valijas, cuatro años antes de las bombas en Plaza de Mayo… Y finalmente, pagó con su vida.
“¿Vos la querés seguir? Y bueno…, vamos a seguirla. Pero dejáme antes aclarar una posición. Yo no discuto porque crea que tengo toda la razón del mundo. Al contrario, discuto porque creo que vos no tenés ninguna. Protestás porque te parece que es elegante. Lo hacés como una actitud. ‘Son criterios’, decís. Y digo yo: ¿no será falta de criterio, en vez? Hay personajes que consideran que una actitud elegante en la vida es la de estar con un codo apoyado en el mostrador. Otros, sosteniendo el marco de la puerta, en los zaguanes de las casas. Hay también señoras que creen que la que no tiene por lo menos un complejo no es de buena posición. ¡Y bueno! A vos se te repujó en la cabeza la idea de que la posición fundamental es negar, desconocer, decir que no. Te parece que eso da mucha importancia. Que te regala la apariencia de un hombre que tiene ideas, cuando la verdad es que negás porque, en realidad, no tenés ninguna idea. La del hombre aquel que entraba siempre en las reuniones diciendo: ‘No sé de qué se trata, ¡pero me opongo lo mismo!’ ¡Pero, no! ¡A mí no me la vas a contar! Vos negás, protestás, con la misma injusticia del que arma un escándalo en su casa porque «le perdieron» la llave del escritorio. Resulta que después de promover la batahola, cuando ya todo está cabeza abajo y en la mitad del tobogán, la llave del escritorio aparece en la botamanga de su propio pantalón.
Entonces, como ya no podría justificar todos los gritos en contra, con tal de no hacer el papelón, esconde la llave en el bolsillo y sigue protestando para mantener una actitud. Igualito que vos. Escondés, tu conciencia frente a la realidad de los hechos y seguís soplando contra el ventilador para no reconocer que la erraste”.

A mediados de diciembre de 1951, Discépolo visitó a Perón en la Casa de Gobierno. Le comunicó al presidente, que su idea era dejar el país, luego de haberse transformado en el blanco perfecto de la oposición. Murió pocos días después.
“Para alcanzar lo que se está alcanzando hubo que resistir y vencer las más crueles penitencias del extranjero y los más ingratos sabotajes a este momento de lucha y de felicidad. Porque vos estás ganando una guerra. Y la estás ganando mientras vas al cine, comés cuatro veces al día y sentís el ruido alegre y rendidor, que hace el metabolismo de todos los tuyos. Porque es la primera vez que la guerra la hacen cincuenta personas, mientras dieciséis millones duermen tranquilas porque tienen trabajo y encuentran respeto”.

Discépolo transformó las letras tangueras, en un grotesco teatral, para golpear en la conciencia colectiva. La trilogía documental, nació con “Qué vachaché” en 1926 y terminó con “Cambalache” en 1934; pero el gran impacto popular fue “Yira yira”, grabado por Gardel en 1930, tras la explosión de la crisis mundial del ’29.
Este juglar porteño, se encendió el 27 de marzo de 1901 y se apagó a los 50 años, el 23 de diciembre de 1951.
“Sí, bueno. Sí, pero es que vos no vas por los barrios, ¿verdad? ¡No! En cambio, yo sí que voy. Claro que voy. Sólo que estos que recorro ahora no son aquellos de antes. No, no creas que voy a hablarte en nombre de la nostalgia y que voy a evocar melancólicamente la zanja cargada de ramas impermeables, ni el potrero adonde íbamos a comer el huevito de gallo o el farol que apuntalaba las espaldas dramáticas del guapo. No, no; lo mío tiene otro sentido. ¿Sabés lo que es lo mío? Un viaje a través de la geografía arrabalera, un viaje que no pretende encontrar algo, sino al contrario: pretende… no encontrarlo. Y lo consigue. Claro, vos no me entendés. Por eso te lo digo ahora con las palabras más sencillas y razonables. Yo me meto en el barrio, corazón adentro y después de recorrerlo, te pregunto: ¿está el conventillo? ¡Y no, no está, claro que no está! ¿Me entendés ahora? Yo no quería encontrar más el conventillo, y no lo encuentro. Toda aquella miseria organizada fue barrida por otra organización. ¡La del amor! ¿Cómo?, ¿qué a vos te gustaba más aquello? No; puede ser que te gustase como elemento pintoresco, pero no como medio de tu propia vida. El suburbio de antes era lindo para leerlo, pero no para vivirlo. Porque a mí no me vas a contar que preferías el charco a la vereda prolija y que te resultaba más entretenido el barro que el portland”.
Discépolo le decía que podía negar todo, que Mordisquito podía negar todo. Que todos podemos negar todo! Pero le planteaba que hay algo que no se puede negar: la evidencia. Que la evidencia es lo que está ahí, lo que te hace señas para que lo veas, lo que te grita para que lo oigas. Pero si vos cerrás los ojos y cerrás los oídos, ni escuchás ni ves nada.
“No, a mí no me la vas a contar. Todos preferimos la comodidad, y acaso, en el momento de la letra de tango, hablemos literariamente del catre; pero llega el momento del descanso y cerramos el catre y dormimos en la cama, ¡no me digas que no! Y ahora mirá qué cama te tendieron para que duermas. Y más allá de tu cama y de tu sueño, no diré que está ni el rascacielo ni la mansión -¿qué falta que hace?-, pero está la casa tuya y no de todos. Es más linda o menos linda, pero ¡conventillo no es! Durante años y años los inquilinos del suburbio vivieron aquella comunidad absurda. La humillante comunidad del conventillo. Una oxidada sinfonía de latas”.
Su última película fue “El hincha“, estrenada ocho meses antes de su muerte.
“Vos pensás que la posición fundamental es negar, desconocer, decir que no. Te parece que eso da mucha importancia. Que te regala la apariencia de un hombre que tiene ideas, cuando la verdad es que negás, porque en realidad no tenés ninguna idea. Yo sé que a vos te gusta viajar. Bueno, a todos nos gusta viajar, porque para eso somos hombres, no árboles. Pero hay maneras de emprender un viaje, y mientras unos queremos viajar para satisfacer lo que una tía mía, muy romántica ella, llamaba ‘hambre de horizontes’, otros se marchan como un recurso para conocer ventajas que aquí no tienen y que les darán en otro lado del mundo. Y yo, honradamente, pienso que debes ir, que debes salir. Cuando volvía de mi último viaje yo dije por radio que a la Argentina lo que le hacía falta era salir en gira. Sí. Al país, en gira…, todo entero. ¿Y sabés por qué formulo esta invitación o esta sugerencia? Porque yo quiero que vayas y que compares. Cumplí tus tremendos anhelos transoceánicos, envolvéte en un plan de turismo, abandoná los bagres monótonos del Río de la Plata y hace sociales con la trucha vanidosa del Mississippi. ¡Dale! ¡Caminá! ¡Viajá! ¡Visitá! ¡Compará! Cumplí con tu vanidosa necesidad de hacerme saber que estás, no en Mina Clavero, sino en cualquier parte fuera de aquí y mandame la postal que registre una huella de tu paso. Mandámela, que yo te espero. Aquí te espero. Tranquilo te espero. Porque cuando llegués, remolcando recuerdos y valijas, me verás aparecer en el metro cuadrado del andén, la escalerita o la pasarela, con una pregunta que no lleva ninguna mala intención: ‘¿Y? ¿Cómo te fue?’ Entonces vos tratarás de llevarme a un rincón neutral y golpearme a mansalva con las ciudades, los monumentos o las circunstancias que te salieron al paso, y me hablarás: ‘¡Ah, la torre Eiffel! ¡Si vos vieras!… ¡Ah, el Castillo del Morro!… ¡Ah, los doscientos pisos del Waldorf-Astoria!… ¡Ah, las ruinas de Pompeya, si vos vieras!… ¡Oh el color del Támesis cuando atardece!’ Sí, sí, cómo no, me gusta, fenómeno; pero no te pregunto ni por la torre ni por el Morro; te pregunto por vos. ¿Cómo te fue a vos? ¿Bien? ¿Bien en todo? ¡No, a mí no me la vas a contar! Porque este viaje tuyo yo lo hice antes, y lo han hecho otros, y todos hemos venido empujando el barco, persuadiendo al capitán para que hiciera una punta de nudos, necesitando respirar el buen aire de una querencia sin comparación. No por el afecto, porque casi siempre encontrarás más afecto afuera que adentro de tu país, pero vivir… ¡Vamos!, bajá de tu plataforma presuntuosa, franqueáte a la sombra de un árbol y contáme, sinceramente, qué privaciones pasaste y qué hambre y qué nostalgia sufriste. Ya sé, ya sé; a vos no te iban a agarrar desprevenido, ¡vos llevás divisas! ¡Un kilo de divisas! Vení, sentáte a la mesa tremenda de esta tierra abundante, y cuando terminés de ponerte al día con tu metabolismo, contáme qué compraste con las divisas. Un boleto para Marsella, te creo; un ticket para subir a la estatua de la Libertad, te creo; pero no me digás que compraste un almuerzo, porque eso… ¡eso a mí no me lo vas a contar! Entendéme: yo no vivo pensando en la comida. ¿Vos me viste? Sabés cómo yo… Y bueno, ¿para qué te voy a explicar? ¡Con verme!… Pero pienso en la comida de los otros, en el bienestar de los otros, en las privaciones que no sufrimos acá. ¡Sé honrado! Aunque las divisas nos falten. Ya sé que en tu viaje habrás conocido un museo tremendo, un río con otra clase de mojarritas, una montaña así de alta, ciudades impresionantes y costumbres sorprendentes, pero una vida más fácil y mejor alimentada, ésa no la conociste. Y como todo el drama del mundo empieza en el hambre, supongamos que toda la felicidad del mundo empieza en la abundancia”. Discepolín le planteaba a Mordisquito, que la diferencia entre ellos estaba en el punto de vista. Porque si los dos veían la misma realidad y tenían reacciones distintas era porque uno de nosotros está mirando sin ver. “¡Entendéme, no es toda la felicidad, pero allí empieza! Por eso te pedí alegremente que salieras a viajar. ¡Hacéme el gusto! ¡Viajá! ¡Contáme cómo vivimos acá y cómo viste que vivían los demás! ¿Qué decís? ¿Que teniendo divisas uno puede comer en cualquier parte? Y bueno, ¡viajá! Sé bueno, viajá. Yo te espero en esta patria tuya que tantas veces despreciás, así, cuando vuelvas, me la contás”.
Discépolo le decía a Mordisquito, que escondía su conciencia frente a la realidad de los hechos y soplaba contra el ventilador para no reconocer que le había errado en el diagnóstico. Entonces queriendo sostener esa pirueta, inventaba argumentos de manteca; posiciones que se derritían a la luz de la evidencia más chiquita.
“Decíme…, ¿vos sabés lo que es una ostra? El diccionario dice que es un molusco acéfalo, pero el mejillón dice que es una parienta que se da corte. ¿Y sabés qué digo yo? Que la ostra fue la protagonista de un hecho indignante y no castigado que ocurrió hace veinticuatro años. ¿Vos no te acordás? Yo sí me acuerdo. ¡No tendré estatura pero tengo memoria! ¡Vos tendrás más peso que yo pero más memoria no tenés! Porque hace 24 años alguien descubrió un banco de ostras que… ¿sabés dónde nacía? Cerca de Santa Cruz. ¿Y sabés dónde terminaba? ¡En Magallanes! ¡Un desfile monumental de moluscos acéfalos, kilómetros y kilómetros de ostras? Vos no comiste ninguna, ¿verdad? No. Yo tampoco. Ni vos ni yo comimos una sola de esas ostras. ¿Y sabés por qué no la comimos? Porque en cierto tratado que habíamos firmado con cierto país extranjero, ¿sabés qué cosa se había establecido? Que, entre otros artículos, ese país debía surtirnos de ostras. Claro, el hallazgo de aquel banco gigantesco hacía innecesaria la importación de ostras. ¿Para qué iban a ofrecernos y vendernos lo que ya teníamos? Hubiera sido como venderle naranjas al Paraguay o buscarle un complejo a Freud. Y, sin embargo, tan atados estábamos que las ostras siguieron llegando del exterior. ¿Te acordás ahora? ¡Directivas que venían de afuera, hasta con las ostras! ¡Mandatos que venían de afuera, aunque vos y yo viviéramos adentro! Eran las órdenes humillantes que soportábamos sin abrir la ostra y sin ponernos en el alfiler de corbata la perla de nuestro legítimo destino. ¡Las órdenes que nos tiraban de boca en la miseria! ¿Qué te pasa? ¿Te asusta la palabra? ¿Te parece exagerada la palabra? ¡Miseria, sí! ¿O no te acordás que en este país tuyo, el más rico por sí mismo y el mejor dotado para un millón de aventuras comerciales, siempre había habido miseria? ¡Desde la miseria orgullosa de la pobre clase media, que para no ahogarse de vergüenza gastaba en hacerse planchar el cuello los centavos que le hubiesen pagado el café con leche, hasta la miseria del peón en las estancias o del obrero en las fábricas! Claro, vos no sabías esto. Vos nunca anduviste por las chacras o por los barrios”.
Había salido a la calle junto a Hugo del Carril, para repudiar junto a miles de trabajadores, el intento golpista que lideró Benjamín Menéndez, a fines de septiembre de 1951. Por entonces, su salud, mostraba algunos signos preocupantes. “¿Por qué hablás si no sabés? ¿De dónde sacaste esa noticia que echás a rodar desaprensivamente, sin pensar en lo irresponsable que sos y en el daño que podés hacer? Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos y vos me lo querés cambiar por el rollo en negativo del pesimismo, el chisme, la suspicacia y la depresión. No, si yo a vos te conozco, ¡uf, si te conozco! Vos sos, mirá, vos sos el que no podés disponer de hechos y entonces usás los rumores, y te acercás a mí para tirarme la manea de unas palabras en el momento más inesperado”.
En la recta final de la campaña electoral, la hostilidad contra Discépolo, había crecido muchísimo. Los antiperonistas le pegaban más a Discepolín, que a los símbolos más fuertes del Gobierno. Su teléfono recibe permanentemente, amenazas o insultos. La incomprensión, el desprecio y el repudio de muchos de sus pares, golpean duro en un cuerpo muy débil.
Una noche lo silbaron al ingresar a un restaurante del centro y el 9 de noviembre de 1951, el candidato del radicalismo, Ricardo Balbín lo criticó en el cierre de campaña. Discépolo contestó al día siguiente: “Bueno, mirá, lo digo de una vez. Yo no lo inventé a Perón. Te lo digo de una vez, así termino con esta pulseada de buena voluntad que estoy llevando a cabo en un afán mío de liberarte un poco de tanto macaneo. La verdad: yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón, la milagrosa.
Ellos nacieron como una reacción a tus malos gobiernos. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado en un largo camino de miseria.
Nacieron de vos, por vos y para vos. Ésa es la verdad. Porque yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón. Los trajo esta lucha salvaje de gobernar creando, los trajo la ausencia total de leyes sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo desprecio por las clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz a lo de Vasena, porque pedían un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que les permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, del hambre y de la terrible promiscuidad de sus viviendas en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias que su asco”.

Le preguntaba a Mordisquito si se acordaba de los asilos. Discépolo quería saber si en su memoria estaba el desfile triste de los pibes huérfanos, con sus cabecitas rapadas y el guardapolvo gris. Porque esos asilos, habían pasado a llamarse hogar, donde viven criaturas dignas, para que de ellas nazcan las personas más dignas.
“No. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. ¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad. Con la misma crueldad aquella del candidato a presidente que mataba peones en su ingenio porque le pisaban un poco fuerte las piedritas del camino a la hora de la siesta.
Sí, yo sé que te fastidia que te lo recuerde. Es claro, pero vamos a terminarla de una vez. Porque yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la injusticia que presidía el país. Porque a fuerza de hacer un estilo de tanto desmán, terminó por parecerte correcto lo más infame. Claro, a vos no te alcanzaba esa injusticia. Tendrías, como un señor que yo conocía y que iba todos los meses a cobrarlo, un puesto de ama de cría para cubrir sus gastos, que se lo pagaban oficialmente, y un sueldo para salir con el Klan (‘Klan radical’, grupo de choque de principios de la década del 30). Yo me acuerdo del Klan y vos también. Aquella mafia siniestra que salía sólo para aterrorizar gente y mataba una vez a gomazos, otra vez a tiros y a veces con el camión para hacerlo más divertido.
No, si la memoria fastidia. Pero yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la estulticia que manejaba el país. Mirá, si vos hubieras estado en la Semana Trágica como yo y como tantos, en Cochabamba y Barcala, y hubieras visto morir primero a aquellos cinco, luego a cientos y hubieras visto masacrar judíos por una ‘gloriosa’ institución que nos llenó de vergüenza, no hubieras formado nunca más parte de ese partido que integrás por amor propio y quizás por ignorancia de tantos hechos delictuosos que son los que empezaron a preparar la llegada de Perón y Eva Perón. En un país milagroso de rico, arriba y abajo del suelo, la gente muerta de hambre.
Los maestros sirviendo de burla en lugar de hacer llorar porque estaban sin cobrar un año entero. ¡No! ¡Y todo vendido! ¡Y todo entregado! Yo sé que te da rabia que te lo repitan tantas veces, pero es que entristece también pensar que no lo querés oír.
El otro día en un discurso oí que decías refiriéndote a un gobierno de 1918: ‘Ya por ese entonces los obreros gozaban…’. ¿De qué gozaban? ¡Los gozaban!, que no es lo mismo. Y sí, Mordisquito, ¡los gozaban! La nuestra es una historia de civismo llena de desilusiones. Cualquiera fuese el color político que nos gobernó, siempre la vimos negra. Aspiramos a gozar y al final nos gozaron. ¡Todos! ¡Siempre! Una curiosa adoración, la que vos sentís por los pajarones, hizo que el país retrocediese cien años. Porque vos tenés la mística de los pajarones y practicás su culto como una religión. Cuanto más pajarón él, más torpe y más crédulo vos. Te gusta oír hablar a la gente que no le entendés nada; la que te habla claro, te parece vulgar. Yo también entré como vos y, ¿por qué no confesarlo?, me sentía más conmovido frente a un pajarón que frente a un hombre de talento. El pajarón tiene presencia, tiene historia, larga, la que casi siempre empieza con un tatarabuelo que era pirata. Yo también me sentía dominado por los pajarones cuando era chico. Ahora, ¡no! Cuando era chico, sí. ¡Pero no ahora, Mordisquito! Salváte de los pajarones. El fracaso -por no decir la infamia- de los pajarones fue lo que trajo como una defensa a Perón y a Eva Perón. Pero no fui yo quien los inventó. A Perón lo trajo el fraude, la injusticia y el dolor de un pueblo que se ahogaba de harina blanca y una vez tuvo que inventar un pan radical dé harina negra para no morirse de hambre. Tampoco te lo acordabas. ¡Ay, Mordisquito, que desmemoriado te vuelve el amor propio!”.

Los trabajadores que fueron a Plaza de Mayo, a festejar la victoria del 11 de noviembre de 1951, terminaron manifestando en la puerta de la casa de Discépolo, su gratitud por su trabajo en la campaña.
“¿Vos la querés seguir? Y bueno…, vamos a seguirla. Pero dejáme antes aclarar una posición. Yo no discuto porque crea que tengo toda la razón del mundo. Al contrario, discuto porque creo que vos no tenés ninguna. Protestás porque te parece que es elegante. Lo hacés como una actitud. ‘Son criterios’, decís. Y digo yo: ¿no será falta de criterio, en vez? Hay personajes que consideran que una actitud elegante en la vida es la de estar con un codo apoyado en el mostrador. Otros, sosteniendo el marco de la puerta, en los zaguanes de las casas. Hay también señoras que creen que la que no tiene por lo menos un complejo no es de buena posición. ¡Y bueno! A vos se te repujó en la cabeza la idea de que la posición fundamental es negar, desconocer, decir que no. Te parece que eso da mucha importancia. Que te regala la apariencia de un hombre que tiene ideas, cuando la verdad es que negás porque, en realidad, no tenés ninguna idea. La del hombre aquel que entraba siempre en las reuniones diciendo: ‘No sé de qué se trata, ¡pero me opongo lo mismo!’ ¡Pero, no! ¡A mí no me la vas a contar! Vos negás, protestás, con la misma injusticia del que arma un escándalo en su casa porque ‘le perdieron’ la llave del escritorio. Resulta que después de promover la batahola, cuando ya todo está cabeza abajo y en la mitad del tobogán, la llave del escritorio aparece en la botamanga de su propio pantalón. Entonces, como ya no podría justificar todos los gritos en contra, con tal de no hacer el papelón, esconde la llave en el bolsillo y sigue protestando para mantener una actitud. Igualito que vos. Escondés, tu conciencia frente a la realidad de los hechos y seguís soplando contra el ventilador para no reconocer que la erraste”.
En vísperas de Nochebuena, su corazón dijo basta… Sus restos fueron velados en SADAIC y el 24 de diciembre, enterrados en Chacarita. Perón decidió que el teatro Presidente Alvear, pasara a llamarse Enrique Santos Discépolo. Pero el homenaje terminó con la llegada de la Revolución Libertadora, que inmediatamente después del golpe de Estado, volvió a bautizarlo con su anterior denominación. Un gesto que más de 60 años después, todavía nadie reparó…

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