Política 16 de Enero

Sin palabras

CARRILLO CONTRA LA PESTE BUBONICA

Por La otra campana

Dr. Ramón Carrillo dirigiendo la desratización del depósito de la calle Cabrera al 5000, donde se inició el brote de peste bubónica. Con un gran despliegue de camiones y personal se cumple la tarea de desinfección de uno de los sectores más afectados. Buenos Aires, 1946.

Fragmento de "Recuerdos del peronismo"
Capítulo 3: Ramón Carrillo
Uno de los grandes objetivos del golpe de 1955, fue “desperonizar” el sistema de salud y arrancar de la historia a la Fundación Eva Perón; dos ejes simbólicos mayúsculos del paso del primer peronismo por la Argentina contemporánea. Para esa tarea, los militares eligieron al coronel Ernesto Alfredo Rottger. El militar en su rol de ministro de facto de Asistencia Social y Salud Pública, le encargó gran parte del trabajo sucio, a la fundadora de la Acción Católica Argentina (1931),Marta Ezcurra. “La atención a los menores era suntuosa, incluso excesiva, y nada ajustada a los normas de sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescados se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, era renovado cada seis meses”, sentenció el verdugo. La asistente social ordenó el 23 de septiembre, la ocupación militar de cada una de las Escuelas Hogar. Se hicieron cargo de los edificios, las Fuerzas Armadas y los comandos civiles. En los patios de cada institución y con la presencia de los pibes en las galerías, el fuego terminó con frazadas, sábanas y colchones que llevaban la leyenda FEP. Y para exorcizar definitivamente a la República, tiraron la sangre de los bancos de los hospitales públicos, porque allí habían “sangre peronista”.

En la Clínica de Recuperación Infantil Termas de Reyes, de Jujuy, expulsaron a los niños para inaugurar muy poco tiempo después, un casino lujoso casino... La Escuela de Enfermeras fundada por Carrillo, fue ocupada militarmente y luego ordenaron su cierre definitivo. Mandó tirar al río Mendoza, toda la vajilla y cristalería importada de Finlandia y Checoslovaquia, con la que han comido los “cabecitas negras” en las unidades turístico termales de alta montaña, Puente del Inca y Las Cuevas. Desactivó todos los programas de turismo social, por ser “un peligroso ejemplo de demagogia populista y antidemocrática”, en las Colonias de Vacaciones de Córdoba, Mar del Plata y Buenos Aires.

La destrucción como emergente directo del odio revanchista, fue ejercida sin límites desde el totalitarismo capaz de bombardear y fusilar y amparada en una cruel borrachera de impunidad. Intentaron arrancar del pasado, la distribución de la riqueza, los sueldos dignos, los derechos laborales, la calidad de vida y el país soberano que la “Libertadora” dejó en brazos del Fondo Monetario Internacional. Ingenuamente creyeron que matando las fotos, ya nadie recordaría sus rostros. Que prohibiendo la marcha, todo el mundo se olvidaría sus versos. Que decapitando estatuas a martillazos, el pasado se desmoronaría por decreto. “Queda prohibida en todo el territorio de la Nación: las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas artículos y obras artísticas, la utilización de la fotografía retrato o escultura, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, dichos objetos ofenden el sentimiento democrático del pueblo Argentino y constituyen para éste una afrenta que es imprescindible borrar” (Decreto 4161). Tres meses antes de morir, Ramón Carrillo le escribió una carta a su amigo, el periodista Segundo Ponzio Godoy: “Yo no sé cuánto tiempo más voy a vivir, posiblemente poco, salvo un milagro. También puedo quedar inutilizado y sólo vivir algo más. Ahora estoy con todas mis facultades mentales claras y lúcidas y quiero nombrarte el albacea de mi buen nombre y honor. Quiero que no dudes de mi honradez, pues pue¬des poner las manos en el fuego por mí. He vivido gal-gueando y si examinas mi declaración de bienes y mi presentación a la Comisión Investigadora, encontrarás la clave de muchas cosas. Vos mismo intuiste con certeza lo que pasaba en mí y me ofreciste unos pesos. Por pudor siempre oculté mis angustias económicas, pero nunca recurrí a ningún procedimiento ilícito, que esta¬ba a mi alcance y no lo hice por congénita configura¬ción moral y mental. Eran cosas que mi espíritu no podía superar. Ahora vivo en la mayor pobreza, mayor de la que nadie puede imaginar, y sobrevivo gracias a la caridad de un amigo. Por orgullo no puedo exhibir mi miseria a nadie, ni a mi familia, pero si a un hermano como vos, que quizás (conociéndome) puedas comprenderme”.

Al ministro de Salud más grande de la historia argentina, le preocupaba no poder salir jamás de la trampa de la demonización del pasado, disfrazada de justicia: “No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero en todo caso si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida. Esta obra debe ser reconocida y yo no puedo pasar a la historia como un malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y la severidad con que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias. Ellos pueden ayudarte. Mi capacidad de trabajo está muy reducida; vivo como médico rural en una aldea. Ahora de nuevo me quedé sin puesto, pues la Compañía donde actuaba le¬vantó campamento. A mí, poco a poco, se me han ce¬rrado las puertas y no pasa un día que no reciba un golpe. Poco a poco mi organismo ha comenzado a desintegrarse definitivamente. He aceptado todo con la resignación que me es característica. No tengo odios y he juzgado y tratado a los hombres siempre por su lado bueno, buscando el rincón que en cada uno de nosotros alberga el soplo divino”. Las últimas fichas, el padre del sanitarismo en la Argentina, las apostó a favor de la verdad: “El tiempo y solo el implacable tiempo, dirá si tuve razón o no al escribirte esta carta, ya que en el horizonte de mis afectos, no veo a nadie más capaz que vos de tomar esta tarea cuando llegue el momento, que llegará, cuando las pasiones encuentren su justo nivel. Belém do Pará, 6 de septiembre de 1956”.

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