Política 6 de Mayo

Evita 100 años

HURACAN POLITICO REPLETO DE DERECHOS

Por Gustavo Campana

Tercera parte: Fragmentos del Capítulo II de Recuerdos del Peronismo (1943-1956)

Voto femenino. “Dicen que una de las causas por las que la oposición no aceptaría el voto femenino, es porque las mujeres perderíamos femineidad. Y acaso no perdemos femineidad saliendo a ganarnos la vida a las 4 de la mañana” (1946). El 23 de septiembre de 1947, el peronismo amplificó las fronteras de la construcción política que posibilitó la Ley Sáenz Peña. Tres décadas después, el voto universal y secreto que el radicalismo le arrancó a los conservadores, pasó a contemplar a las que nunca habían tenido voz, ni voto. Basada en las luchas viejas, Evita se puso al frente del sufragio femenino y aquella democracia tan liberal como formal, comenzó a ser un poco más real.
Dos años después, la Constitución de 1949 siguió multiplicando derechos, a ritmo revolucionario. “Mujeres de mi patria: recibo en este instante, de manos del gobierno de la Nación, la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo ante vosotras con la certeza de que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto de la ley que proclama la victoria. Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de unos pocos artículos, una larga historia de luchas, tropiezos y esperanzas. Esto traduce la victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados, de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional” (1947).
Las mujeres eran consideradas incapaces por el Código Civil de 1871 y recién alcanzaron la igualdad legal con los varones en 1926 (Ley 11.357). Cecilia Grierson (la primera mujer que se recibió de médica en 1889), luego de participar en Londres del Segundo Congreso Internacional de Mujeres, fundó en Buenos Aires el Consejo de Mujeres. En septiembre de 1900, Grierson inició su lucha por el voto femenino. Alicia Moreau de Justo, se sumó con el Comité Pro-Sufragio Femenino en 1907.
La ley 13.010 que impulsó Evita en 1947, estableció en su primer artículo que “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos".
Cuando el 90% del padrón femenino concurrió a votar el 11 de noviembre de 1951, la historia de Julieta Lanteri tenía 40 años. La mujer que logró votar en las elecciones porteñas de 1911, a principios de la década del 50 se había transformado en un recuerdo sin peso político. En vísperas de una elección de concejales (noviembre 1911), la Municipalidad de Buenos Aires llamó a los vecinos para que actualizaran sus datos en los padrones: “Los ciudadanos mayores, residentes en la ciudad, que tuvieran un comercio o industria o ejercieran una profesión liberal y pagasen impuestos”. La doctora Lanteri observó que no había una limitación sobre el sexo en el texto y solicitó a la justicia su inscripción para participar del comicio. El juez resolvió a favor: “Como juez tengo el deber de declarar que su derecho a la ciudadanía está consagrado por la Constitución y en consecuencia, que la mujer goza en principio de los mismos derechos políticos que las leyes, que reglamentan su ejercicio, acuerdan a los ciudadanos varones”. El 26 de noviembre, votó en el atrio de la Parroquia San Juan Evangelista de La Boca y se convirtió en la primera sudamericana que ejerció el derecho a elegir.
“El voto femenino, será el arma que hará de nuestros hogares, el recaudo supremo e inviolable de una conducta pública. El voto femenino, será la primera apelación y la última. No es sólo necesario elegir, sino también determinar el alcance de esa elección. En los hogares argentinos de mañana, la mujer con su agudo sentido intuitivo, estará velando por su país, al velar por su familia.
Su voto será el escudo de su fe. Su voto será el testimonio vivo de su esperanza en un futuro mejor”
(1947).
Aldo Cantoni, gobernador de Salta 1926-1928, reformó la constitución provincial y convirtió a las sanjuaninas, en las primeras que pudieron masivamente volcarse a las urnas. El 8 de abril del ‘28, el 98% de las mujeres empadronadas eligieron diputados provinciales y concejales.
Por entonces, la Iglesia opinaba que el voto femenino, “desorganizaría la estructura familiar” y casi todas las fuerzas políticas provinciales, coincidieron en que los derechos políticos de la mujer, debían concederse gradualmente, porque podía alterarse “el orden social establecido”.
“El derecho del sufragio femenino, no consiste tan solo en depositar la boleta en la urna, consiste esencialmente en elevar a la mujer a la categoría de verdadera orientadora de la conciencia nacional. De grandes mujeres, solo pueden salir grandes hombres. La misión sagrada que tiene la mujer no solo consiste en dar hijos a la patria, sino hombres a la humanidad” (1950).
Solamente existieron dos antecedentes parlamentarios, antes de la discusión final del ’47. El primero lo presentó en el Senado, el socialista Mario Bravo. El debate que arrancó en 1928, quedó trunco por el primer golpe de Estado.
En 1932 el texto de otro socialista, Alfredo Palacios, logró que Diputados lediera media sanción al voto femenino. Pero la Cámara alta lo durmió, hasta que perdió tratamiento parlamentario.
“Desde un sector de la prensa al servicio de intereses antiargentinos, se ignoró a esta legión de mujeres que me acompañan. Desde un minúsculo sector del Parlamento, se intentó postergar la sanción de esta ley. Esta maniobra fue vencida gracias a la decisiva y valiente actitud de nuestro diputado Eduardo Colom. Desde las tribunas públicas los hombres repudiados por el pueblo el 24 de febrero (elecciones presidenciales de 1946), levantaron su voz de ventrílocuos respondiendo a órdenes ajenas a los intereses de la patria. Pero nada podían hacer frente a la decisión, al tesón, a la resolución firme de un pueblo como el nuestro, que el 17 de octubre con el coronel Perón al frente trazó su destino histórico.
Como en los albores de nuestra independencia política, la mujer argentina tenía que jugar su papel en la lucha. El sufragio que nos da participación en el porvenir nacional, nos entrega una responsabilidad: la de saber elegir. Nuestra cooperación empujará a la nacionalidad hacia las altas etapas que le reserva el destino, barriendo en su marcha los resabios de cuantos se opongan a la felicidad del pueblo y el bienestar de la Nación.
Con nuestro triunfo hemos aceptado esta responsabilidad y no habremos de renunciar a ella. La experiencia de estos últimos años puso frente a frente, a la reprimida vocación nacional de justicia económica, política y social, a los viejos caciques negatorios de los derechos populares. Ha de servirnos de ejemplo, que en momentos de gravedad los hombres argentinos han sabido elegir al líder de su destino e identificaron en el general Perón a todos sus ansias negadas, vilipendiadas y burladas por la oligarquía sirviente de intereses foráneos”
(1947).
Perón propuso incorporar por decreto el voto de la mujer en las elecciones del ’46 y dispuso la formación de la Comisión Pro Sufragio Femenino. Pero contó con una fuerte oposición de la Asamblea Nacional de Mujeres, presidida por Victoria Ocampo, que se opuso a recibir ese derecho de manos de una “dictadura fascista”.
Entonces se convirtió en una promesa electoral de Perón, en la campaña del ’46: “La mujer argentina ha superado el período de las tutorías civiles. La mujer debe afirmar su acción, la mujer debe votar”.

Fragmento del Capítulo IX
“Bombardeo a Plaza de Mayo: El día que Buenos Aires fue Guernica”.
“La Iglesia se convirtió en el eje de una oposición mayoritariamente laicista y junto a la Unión Cívica Radical, el socialismo y el comunismo, encabezó la procesión de Corpus Christi del ’55. Los tres partidos lideraron el protagonismo ateo en aquella histórica marcha religiosa, donde lo político ocupó el centro de la escena.
Por otra parte, las diferencias en la interna del movimiento peronista, estuvieron soterradas durante casi diez años y muchos de los grupos que lo conformaron tenían origen anticlerical. Pensemos en Angel Borlenghi, ministro del Interior de Perón que venía del Partido Socialista. No fue casual lo que pasó en 1955, ya que existió una decisión política de enfrentar a la Iglesia, pero en el marco de una pelea que no partió desde un Estado ateo, sino que surgió desde un gobierno que se reivindicaba mucho más cristiano que los católicos. Un Estado que cuestiona a la Iglesia, desde los principios cristianos. Por eso en el enfrentamiento del ’55, la jerarquía eclesiástica tuvo como aliados, a sectores que nunca le cayeron muy bien”
(José Zanca).
"Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope. Aunque los médicos no cesaban de repetirle que la anemia retrocedía y que en un mes o menos recobraría la salud, apenas le quedaban fuerzas para abrir los ojos. No podía levantarse de la cama por más que concentrara sus energías en los codos y en los talones y hasta el ligero esfuerzo de recostarse sobre un lado u otro para aliviar el dolor, la dejaba sin aliento. No parecía la misma persona que había llegado a Buenos Aires en 1935 con una mano atrás y otra adelante y que actuaba en teatros desahuciados por una paga de café con leche. Era entonces nada o menos que nada: un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan delgadita que daba lástima. Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte. Se tejió a sí misma una crisálida de belleza, fue empollándose reina, quién lo hubiera creído". (“Santa Evita”, de Tomás Eloy Martínez).
“En una campaña electoral, entramos a un rancho con piso de tierra. Me llamó la atención una imagen de Eva Perón con una vela y le pregunté a la señora que vivía en el lugar, por qué esa veneración. Y me contestó que para ella era una santa, aunque la Iglesia nunca lo iba a reconocer” (Lorenzo Pepe).
El padre Hernán Benítez, fue el confesor de Evita; el cura que dejó la Compañía de Jesús para convertirse sin cobrar un peso, en “Director espiritual”, de la Fundación Eva Perón. Benítez se encargó de reunir a 130 religiosas y 62 capellanes, para trabajar con la Fundación en todo el país. “En enero de 1950, mientras asistía a la inauguración del Sindicato de Taxistas, Evita experimentó un ligero desmayo. Al día siguiente fue operada de apendicitis. El doctor Oscar Ivanisevich percibió algún síntoma de la futura neoplasia. Le aconsejó hacerse análisis a fondo y atemperar febriles actividades. Evita por supuesto, hizo caso omiso de estos mandatos. Nunca tan fuerte, ni tan hermosa como en aquellos meses. Realizó una larga gira por las provincias del norte, inaugurando policlínicos, hogares escuela, sindicatos, proveedurías…, hablaba hasta por los codos. Perón decía por entonces que la única capaz de hacer una revolución popular y derrocarme, es mi mujer” (Padre Benítez).
En el primer capítulo de la historia del odio antiperonista, que cerró con “Viva el cáncer” y “Cristo vence”, Evita enfrentó a las Damas de la Caridad que operaban como un apéndice católico del gobierno de turno. En 1946 sólo el 5% de los fondos de las Damas de la Caridad estaban destinados a obras, mientras que el 95% restante, representaba los sueldos de la cúpula de la organización.
“- Llevamos varias horas esperando, señora.
- ¿Puedo saber su nombre?
- Mercedes Ortiz de Achával Junco y por si tampoco lo sabe, soy la presidenta de la Sociedad de Beneficencia.
- Que apellidos no…, tan agrarios, tan terratenientes. Hasta tienen olor a bosta de vaca.
- No le permito.
- ¿Cómo? En serio usted cree que hay algo que puede no permitirme
- Ante todo, la próxima vez no vamos a permitirle que nos haga esperar tanto.
- ¿Su nombre señora?
- Guillermina Bunge de Moreno.
- Más bosta de vaca.
- ¿Qué se ha creído usted?
- Señora, no ignorará usted que la esposa del presidente de la Nación, ha encabezado siempre la Sociedad de Beneficencia…
- No, no lo ignoro.
- Pero esta vez creemos que no será así.
- ¿Por qué?
- Porque es usted muy joven señora y el criterio y la sensatez, solo vienen con los años.
- Estoy de acuerdo señoras, es más, les ofrezco una solución. Nombren a mi madre entonces. Ella tiene los años y todas esas cosas que ustedes quieren. Porque no decimos la verdad señoras. Ustedes no me quieren acá, ni en ningún otro sitio porque andan diciendo por ahí que yo soy una actriz, una trepadora, una ignorante y una cualquiera. Y está muy bien señoras… Pero óiganme bien: yo no las necesito, ¿está claro? Es más, somos enemigas. Así que la próxima vez no van a esperar tres horas, van a esperar muchas más.
Tanto que ni siquiera van a ser recibidas. De modo que es mejor que no vuelvan. Buenos días.
Ah! Y si cuando salgan de acá van a estar diciendo por ahí que soy una resentida, díganlo nomás. El resentimiento es justo y maravilloso, porque me aleja de ustedes y me acerca al pueblo. Vayan a descansar a sus estancias, señoras. Queda disuelta la Sociedad de Beneficencia. El pueblo no necesita más la limosna oligárquica. Ahora me tiene a mí”.
(Película “Evita”, de Juan Carlos Dezanzo, sobre textos de José Pablo Feimann. Declaración de guerra de Evita a las damas Rosadas, en la Casa de Gobierno).
Los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo en junio de 1955, causaron más de 300 muertes, con el “Cristo vence”, pintado en sus Gloster.
“Hay una especie de mística en el ’55, que hoy la podemos ver de una manera aberrante; mensaje que operó para legitimar ese golpe de Estado mal bautizado Revolución. Entre los que conspiraban contra Perón, estaban los representantes de la Iglesia que veían en el derrocamiento, la única forma de terminar con el gobierno. La Iglesia obligó a salir a la calle a sus sacerdotes vestidos como religiosos, para que siguieran la vida de Cristo. Les ordenó no tener miedo, porque por algo eligieron ser sacerdotes” (José Zanca).
En la primera gran división entre los dictadores del ’55, que generó el golpe dentro del golpe, también apareció la Iglesia Católica.
“El golpe tuvo un primer gobierno muy breve, con el General Lonardi al frente, un devoto católico cordobés; porque los sectores más liberales del Ejército y la Armada, desplazaron a ese primer ensayo que intentaba rescatar lo bueno del peronismo. El proceso de Aramburu, igualmente tuvo muy buena relación con la Iglesia católica. Recordemos que a finales de 1955 se dictó el famoso decreto que habilitó la existencia de universidades privadas, favoreciendo claramente a la Iglesia que por entonces ya estaba proyectando las propias”.

“El crecimiento de la oposición se da a partir de la participación del alto clero y de sectores de la Iglesia que comienzan a conspirar contra Perón. Días previos al bombardeo, se realizado la procesión de Corpus Chisti. Caía jueves y pidieron autorización al Gobierno para hacerla el sábado, con la intención de convocar a más gente. La procesión salió de la Catedral de la Ciudad de Buenos Aires, la oposición concurrió masivamente y no solo fueron católicos, había socialistas, comunistas, radicales y laicos, que se unieron en torno a la Iglesia, que era el factor aglutinante en ese momento. Desbordó la Catedral, la gente comenzó a ocupar parte de la Plaza de Mayo y luego se realizó una marcha hacia el Congreso. Cuando llegaron al Parlamento, según la versión del Gobierno, quemaron una bandera argentina. La oposición desmintió el hecho y dijo que lo hizo el peronismo para después pasarle a ellos la factura. Esto motivó que al día siguiente, 16 de junio, el oficialismo organizara un acto de desagravio en la Catedral y esa jornada fue aprovechada por la oposición para realizar el bombardeo.
Estaba previsto que aviones de la aeronáutica, iban a volar sobre Plaza de Mayo, como un acto de desagravio a la bandera y a San Martín. La gente que estaba en el lugar, había llegado para participar de ese acto y cuando vieron aparecer los aviones, creyeron que iban a tirar flores sobre la Catedral lo que cayeron fueron bombas. La primera reacción de la multitud fue correr hacia la Casa de Gobierno, creyendo que era el más seguro, lo que prueba que nadie esperaba lo que finalmente sucedió. La intención de los sublevados era derrumbarla.
Esa jornada marca el inicio de un ciclo de violencia institucional contra el pueblo”
(Gonzalo Chávez).

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