Política 4 de Mayo

Evita 100 años

HURACAN POLITICO REPLETO DE DERECHOS

Por Gustavo Campana

Primera parte: Fragmento del Capítulo II de Recuerdos del Peronismo (1943-1956), “La mujer que nació para parir revoluciones”
Cuando la verdad se presenta a cinco centímetros de tu nariz, no hay vuelta atrás. No avisa, ni pide permiso. Arremete con la fuerza del agua o del fuego, contra todos los obstáculos que instaló la versión positivista de la historia. Ante esta explosión, el poder real con voz conservadora receta quietud y ordena no remover el avispero. Jura que ninguno de los males que afectan al pobrerío, tiene remedio. Pide resignación.
La verdad es una información que se filtra por cualquier sentido, un dato que se incorpora sin la necesidad de intermediarios, ni traductores; es una revelación que aunque pretendan destronarla o maquillarla, resiste inalterable el paso del tiempo.
Es una certeza que se planta de frente y genera en pocos segundos, una revolución que modifica para siempre nuestra relación con el otro. La verdad se encarga de hacerte saber que a partir de ese descubrimiento, nada será igual.
El primer motor político que se enciende en cualquier ser humano, es el grado de sensibilidad que le genera el dolor del otro. Desde ese momento, a partir de esa verdad madre, se agudizan la solidaridad y la cooperación como semillas del sueño colectivo. Ese instante, muchas veces imperceptible, es la muerte del individualismo y a partir de ese momento, el deseo se conjugará siempre en plural.
“Hay un fusilado que vive”, fue la verdad para Rodolfo Walsh. Cuando supo lo que había sucedido en los basurales de José León Suárez en 1956, su vida dio un giro de 180 grados. Dejó de ser un buen escritor de novelas policiales, para convertirse en un comunicador imprescindible; porque cuando un hombre grita “la verdad se milita”, se convierte en conciencia ambulante al servicio de los que quieren saber.
Para el Padre Carlos Mugica, la villa significó el amor a primera vista con la realidad de carne y hueso. Desde ese contacto inicial con ese mundo tan lejano, con esa realidad de chapa y madera de Retiro, abandonó las huellas de su pasado en Recoleta y arrancó para siempre el Mugica Echagüe de su cruz.
Dos viajes por América latina, fueron la verdad para el Che y después de miles de kilómetros de pobreza, analfabetismo y enfermedades del siglo XVIII, en un continente que sintió propio por primera vez, el pasado de Guevara Lynch se entregó a los brazos de un impensado futuro revolucionario.
Clase media, oligarquía venida a menos, doble apellido con goteras, pero en todos los casos, vidas alejadas de la marginalidad, de todas las necesidades urgentes y de todos los sueños postergados o aniquilados.
Tres hombres que se toparon maduros con la verdad. Emergentes de las capas sociales que están lejos del piso, las que poseen el don de eludir lo que no quieren ver y hacen del negacionismo un culto. No obstante, al final del camino Walsh, Mugica y el Che, fueron protagonistas de una generación, que en la pelea por justicia, les arrebataron la vida. Pero para millones de hombres y mujeres, la verdad es una marca de nacimiento que reconocen apenas abren los ojos. No tienen otra posibilidad, esa ruta es obligatoria, ineludible y de mano única.
Cuenta la leyenda que una mañana de finales de la década del ‘40, una viejita que rozaba los 80 años apareció en la Fundación Eva Perón. Había sido negreada y esclavizada toda su vida en el campo. Llegaba con el sueño de jubilarse y traía documentos que no alcanzaban para completar el trámite. Posiblemente desembarcó con un certificado de nacimiento, un documento personal o una libreta de casamiento. A su lado, Evita y un burócrata que revisaba papeles, sabiendo que el trámite había quedado encerrado en un laberinto sin solución. Entonces ella pregunta, “¿qué pasa? ¿no hay papeles?”.
Solo dos letras fue la respuesta tajante del dueño de los sellos: “No”.
“Entonces si no hay papeles, ¿no la puede jubilar?”, fue la consulta con respuesta incluida de Evita. Otro “no” lapidario del empleado, como único gesto frente a la falta de documentos de la abuela. Pero como a Evita, la verdad se le había presentado desde el minuto cero de su historia, se encargó de regalarle la solución al dueño del escritorio: “Si quiere comprobar si la señora trabajó toda su vida, mírele las manos”.
Una mujer que siente la necesidad irrefrenable de repetir hasta el último segundo de su vida, que “allí donde hay una necesidad, hay un derecho”, estuvo siempre mano a mano con el dolor del otro.
“Quiero demasiado a todos los pueblos del mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegiados de la tierra. Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los humildes, el gran dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para que pueda callar. Si, todavía quedan sombras y nubes queriendo tapar el cielo y el sol de nuestra tierra, si todavía queda tanto dolor que mitigar y heridas que restañar, cómo será donde nadie ha visto la luz ni ha tomado en sus manos la bandera de los pueblos que marchan en silencio, ya sin lágrimas y sin suspiros, sangrando bajo la noche de la esclavitud. Y cómo será donde ya se ve la luz, pero demasiado lejos, y entonces la esperanza es un inmenso dolor que se revela y que quema en la carne y el alma de los pueblos sedientos de libertad y justicia" (Evita, “Mi mensaje”).
Vivió y murió por ellos. Por todos los que dignificó a fuerza de derechos, salarios justos, ciudades para niños y estudiantes, hogares-escuelas, hospitales, casas dignas, máquinas Singer, sidras, pan dulce, muñecas y pelotas. Como gracias nunca alcanza en estos casos, cuando no podía nombrarla el pueblo armó altares con su foto en un rinconcito de su casa y encendieron velas que jamás dejaron de ser luz. La convirtieron en santa, para rezarle a la madre de una nueva religión y agradecerle su sacrificio en la cruz.
Evita enfrenta en tiempo presente a los “Viva el cáncer” y a los que tres años después de su muerte, bombardearon la plaza. Solo se animaron a pelearla, postrada y embalsamada. “Estén alertas. El enemigo acecha. No perdona jamás que un hombre de bien, que un argentino como el general Perón, esté trabajando por el bienestar de su pueblo y por la grandeza de la Patria. Y los vendepatrias de adentro, que se venden por cuatro monedas, están también en acecho para dar el golpe en cualquier momento. Pero nosotros somos el pueblo y yo sé que estando el pueblo alerta, somos invencibles porque somos la patria misma”
(Evita, 1 de mayo de 1952).

Una biografía escrita por su palabra
LA MUJER QUE NACIO PARA PARIR REVOLUCIONES

Un huracán político repleto de derechos. Una bisagra entre la Argentina agroexportadora que imponía sus privilegios y el comienzo de la batalla final por el modelo de país, que nació con el primer peronismo. “Han pasado los tiempos en que los pueblos eran dirigidos por círculos oligárquicos. Ha llegado la hora de los pueblos” (1949)
Víctima de la discriminación, salió a pelear por la igualdad. Mujer coraje, se rebeló ante el hambre y la miseria programada por las minorías, que dueñas de la tierra, siempre se creyeron propietarias de la vida y de la muerte de millones de argentinos.
Cuenta la leyenda que cuando llegó a Buenos Aires a los 15 años (1935), bajó del tren y entró a un bar para preguntar por un hotel. Los hombres que la advirtieron tan frágil como perdida, le anotaron en un papel la dirección del viejo palacio Unzué, luego residencia presidencial (Avenida del Libertador, Austria, Agüero y Avenida Las Heras, hoy Biblioteca Nacional). La broma despiadada la llevó al lugar y un mayordomo, fue el encargado de decirle dos verdades en un solo envase: primero, no era un hotel y segundo, la gran ciudad estaba infectada por “pobres corazones”.
Once años después, Perón fue el primer presidente que utilizó la residencia de manera permanente. Evita vivió y murió en ella, en la casa que le anotaron en un papel, aquellos porteños que creyeron haberse burlado de la piba de pueblo… “Siempre he querido confundirme con los trabajadores, con los ancianos, con los niños, con los que sufren” (1951).
Fueron apenas seis años. Sin ocupar puestos oficiales, ni cargos electivos; pero vividos de la mano del mandato natural, que nació incondicional desde abajo. Seis años, nada más. Apenas un instante en la historia de un país. Pero le alcanzó para atropellar al pasado y terminar con el “Estado inhumano”, que tantas veces denunció. “El rico cuando piensa para el pobre, piensa en pobre”. (“La razón de mi vida”).
Nos separan más de seis décadas de la muerte de Evita y cada palabra, compartida con la multitud o escrita en soledad, siguen sonando a futuro. Habló de justicia, libertad, dolor, esperanza, odio, rebelión, enemigos, traidores, explotación, imperialismo, mediocres, fanáticos, héroes, santos y mártires… “La esperanza es un inmenso dolor que se revela y que quema en la carne y al alma, de los pueblos sedientos de libertad y justicia” (“Mi mensaje”).
Denunció al pasado de la oligarquía (explotación, concentración de la riqueza, latifundios), al sabotaje del presente (desabastecimiento, difamación constante de la prensa) y advirtió sobre el regreso de los viejos dueños de la Argentina, si antes no se avanzabadefinitivamente sobre los nidos golpistas.
“Yo tengo tres cosas porque luchar. Primero, por ese gran agradecimiento que siento por ese pueblo valiente y trabajador argentino que supo reconquistar a nuestro querido coronel Perón. Segundo como argentina y tercero como una mujer de pueblo que sabe las vicisitudes, las privaciones, el trabajo y la miseria. Todo lo que pueda hacer por ustedes será poco. Todo lo que esté a mi alcance lo haré hasta el último momento; así como se perfectamente que el coronel Perón de la Secretaría de Trabajo y Previsión, hasta el último momento de su vida va a trabajar por la felicidad de todos ustedes” (1946).

Fragmento del Capítulo 8, “Estatización peronista, privatizaciones menemistas”.
Con un acto en Retiro, el 1 de marzo de 1948, Argentina se hizo cargo de uno de los grandes emblemas de la dependencia argentina con Inglaterra. El presidente fue operado esa mañana de apendicitis y habló desde la clínica, para saludar a los miles de trabajadores que festejaban la nacionalización de las vías. A través de altoparlantes en la Plaza de Retiro, la multitud primero escuchó la palabra tranquilizadora de Evita: “Mis queridos descamisados. Con profunda emoción, os traigo el mensaje del General Perón, que por haber sido intervenido quirúrgicamente esta mañana, no ha podido estar presente en este magnífico acto, aunque espiritualmente y de corazón, ha estado en todo instante. El General Perón, haciendo un esfuerzo extraordinario, os va a dirigir la palabra. Podeís tener la seguridad, que tanto el General como yo, hemos estado presentes espiritualmente, al lado de todos nuestros queridos descamisados, que son los que verdaderamente forjan la argentinidad. Os mando un abrazo afectuoso de compañera de lucha. Hoy gracias a nuestro líder, los argentinos podemos festejar la recuperación de los ferrocarriles, que injustamente habían pasado al capital extranjero” (Eva Perón). Después, pocos segundos para un Perón que aún estaba convaleciente: “Yo les pido solamente, que festejen esto que nos ha costado mucho y que estén esta noche muy alegres y muy felices. Hasta pronto”.

El nuevo gobierno convirtió a la operación en un mensaje soberano, en un grito de independencia, en un gesto que fortalecía la identidad nacional.

“El regreso al hogar patrio, de algo que fue criollo en su origen y que hoy gracias a los desvelos de nuestro compañero el General Perón, vuelven a ser argentinos los ferrocarriles de la patria” (José Espejo CGT, acto del 1 de marzo de 1948).

Enero de 1951. Primera huelga de los ferroviarios socialistas, después de la nacionalización. Los trabajadores se opusieron a la intervención de su gremio y 40 dirigentes fueron cesanteados. El Gobierno decía que la huelga comprometía la “seguridad del Estado” y la medida de fuerza fue encuadrada como un “acto ilegal”: “Será reprimido con prisión de seis meses a tres años el que, en cualquier forma, promoviere la declaración de una huelga de empleados u obreros que presten servicios en reparticiones oficiales o empresas semifioficiales”. Los trenes eran un gran símbolo del primer peronismo y la Unión Democrática pegaba duro, donde más dolía.

Así imaginó José Pablo Feinmann en la película “Eva Perón”, el áspero diálogo de Evita con los trabajadores en Remedios de Escalada: “Esta huelga compañeros que ustedes les están haciendo al Gobierno peronista, es una huelga contra el movimiento obrero, una huelga contra ustedes mismos. Escuchen bien compañeros. El que le hace una huelga al peronismo, es un carnero de la oligarquía. Entiéndanme bien, muchachos. Yo no se si quiero decir un carnero de la oligarquía, busco otras palabras pero no me salen. Hacerle una huelga a Perón es trabajar para la antipatria”.

Un trabajador contestó: “Compañera. Un peón ferroviario gana 340 pesos, nada más. ¿Eso es justo, compañera?”. Evita recogió el guante y dijo: “No. Eso no es justo y hay muchas cosas que todavía no son justas. Los sueldos se van a llevar a 500 pesos, eso se los juro, pero también les juro que lo vamos a hacer solamente si abandonan esta huelga muchachos. Además compañeros, ¿estamos hablando solamente de salarios? ¿Qué pasa? Y la vivienda, y los derechos sociales, y las jubilaciones, y las jubilaciones pagas… ¿Qué pasa compañeros se olvidaron ya? ¿Quién les dio todo eso? Se los dio Perón. ¿Y a Perón le están haciendo una huelga? ¿Qué tendrían si en el ’45 hubiera ganado la Unión Democrática? Menos salarios y ninguna conquista social. Comerían mierda compañeros, mierda de la oligarquía”.

Otro laburante retrucó: “Eso es cierto compañera, pero en el ’45 no ganó la oligarquía, ganamos nosotros. Entonces de ellos no esperamos nada, pero de usted y del General Perón, esperamos todo compañera”. Entonces el diálogo, se transformó en un mano a mano: “Decime, ¿vos sos peronista?”, preguntó Evita. “Si, peronista compañera”, subrayó el trabajador. Eva redobló la apuesta: “Bueno entérate entonces, también Perón y yo esperamos cosas de los peronistas y ante todo, que no nos hagan huelgas, que no den el mal ejemplo a los otros compañeros. No queremos huelgas en la Argentina de Perón, ¿está claro?”. El ferroviario defendió sus derechos: “Nadie le puede quitar al movimiento obrero el derecho de huelga, señora”. Ella se apoderó de un dato, que se desnudó en cada palabra de la última frase: “Vos sí que no sos peronista”.

El obrero no negó sus tradiciones políticas: “Soy socialista señora. Socialista de Juan B. Justo y de Palacios”. Evita pelea: “Si, socialista de los lameculos de la oligarquía y del yanqui Braden, de los canallas de la Unión Democrática. Oíme bien, en la nueva Argentina, el que defiende a los obreros es Perón y el que está contra Perón está contra los obreros, por más socialista que se diga. ¿Sabés quien defiende esta huelga, compañero socialista? El diario ‘La Prensa’. ¿Qué pasó? ¿Se volvieron socialistas los Gainza Paz, que se llevan la vaca en el barco cuando van a Europa? ¿O será que ciertos obreros, los obtusos como vos les están haciendo el juego a los enemigos del pueblo? Una huelga obrera apoyada por el diario de la oligarquía. Pero dónde se ha visto… Hay que ser tarado para no darse cuenta”. El socialista señala, su verdad histórica: “La lucha obrera empezó mucho antes de Perón”. Ella recuerda: “Si claro, pero con proyectos que apolillaron años en los cajones del Congreso. Nosotros los convertimos en leyes, nosotros arrinconamos a la oligarquía. Les metimos miedo y le enseñamos a respetar a los obreros. ¿Y ustedes nos hacen una huelga? ¿Por 200 pesos de mierda?”.

El trabajador se planta en el reclamo: “Para un obrero, 200 pesos no son una mierda, compañera”. Evita saltó por encima de la cifra y reclamó lealtad:

“Si lo son. 200 pesos, al lado de la política social del peronismo, al lado del amor del general por su pueblo, son una mierda compañeros. Levanten esta huelga. Esta huelga se tiene que levantar, ¿está claro? Esta no es una huelga obrera. Por última vez compañeros, levanten esta huelga, después no digan que no les avisé, porque si hay que dar leña, vamos a dar leña compañeros. Caiga quien caiga y cueste lo que cueste”.

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